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Narcotráfico en Galicia: Feijóo y su íntima amistad con el narcotraficante Marcial Dorado

11 de mayo de 2026 – diarioenred.es

En un panorama político donde la transparencia debería ser la norma, el caso de Alberto Núñez Feijóo y su relación con Marcial Dorado emerge como un recordatorio inquietante de cómo las redes de poder pueden cubrirse con la rutina y el silencio mediático. No se trata de una conspiración inventada, sino de hechos documentados que merecen ser revisitados con firmeza y empatía por la verdad.

Las fotografías que lo muestran a bordo del yate de Dorado, tomadas en el verano de 1995, no son meros recuerdos triviales: reflejan una relación que se desarrolló cuando Marcial Dorado ya había sido detenido en la Operación Nécora, el gran golpe contra el narcotráfico gallego de finales de los ochenta. Sin embargo, Feijóo insistió en que en aquel entonces desconocía su pasado delictivo y llegó a justificarlo diciendo que:

"Ahora es más fácil saber cosas porque hay Internet".

Esa explicación, por simplista, resulta hasta ofensiva: un personaje público que se relaciona con alguien notoriamente señalado por actividades criminales no puede escudarse en la falta de herramientas digitales como excusa.

Pero aquí no termina la historia. Hay indicios claros de que la relación no se disolvió tan pronto como Feijóo asegura. Datos de la época muestran que entre 2001 y 2003 se habrían registrado conversaciones telefónicas entre ambos. Aunque él afirma que cortó todo vínculo a finales de los noventa, el peso de esas grabaciones y las preguntas sin respuesta —¿por qué persistía ese contacto?, ¿qué se habló en esas llamadas?— siguen en el aire, contaminados por la opacidad institucional y la retórica política.

Además, no se puede obviar la desaparición de ciertos documentos. La oposición exigió en varias ocasiones que se publicaran los contratos firmados entre la Xunta —bajo el mando de Feijóo— y las empresas vinculadas a Dorado. Pero esos documentos nunca llegaron al Parlamento. Cuando se hizo público, la excusa fue que se habían destruido tras unas inundaciones. Una explicación, cuando menos, sospechosa.

Este episodio es más que una anécdota: simboliza cómo la política puede convivir con grietas judiciales y morales si no se le planta cara con contundencia. La amnesia conveniente, los silencios oficiales o las coartadas tecnológicas —como escudarse en la falta de Google en los noventa— no pueden seguir siendo refugio de quienes ocuparon el poder.

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